Coronemos

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 Ni alarmas, ni tráfico, ni móviles. En Atsiame, el ritmo no lo marcan los relojes. La vida en la aldea comienza con los primeros rayos de sol, el canto de los gallos y el sonido de las escobas de paja en las manos de mujeres que limpian la aldea.

Cada uno se entrega por completo a su tarea: trabajar en la granja de arroz, tejer las telas para los vestidos, cocinar o enfrentarse a un nuevo día de colegio. Se respira paciencia y dedicación. Y sobre todo libertad y convivencia.

 

La llegada de los piratas a Atsiame fue el regalo tantas veces pedido a dioses y ancestros. La ilusión empapaba el ánimo de los autóctonos y de los recién llegados, que comenzaban a construir una nueva realidad. Juntos.

Hubo peticiones, sugerencias y dudas. Pero ante todo, primaba un  respeto mutuo, sincero y envidiable. Comenzaban a trazarse las líneas del nuevo camino de desarrollo social centrado en la educación y marcado por el entusiasmo. Como dos aguas que se juntan para desembocar en el mismo mar. Estallaba la alegría y llegó la corona.

Lo cierto, es que ya había una monarca en el pueblo, Daniela, Mama Dunuenyo (reina del desarrollo). Pero ante la nueva situación, los chiefs (los hombres más sabios de la aldea) decidieron realizar una ceremonia de coronación, con juramento, trajes hechos a medida, pinturas y todo el despliegue necesario para celebrar el inicio de la nueva etapa. Lucia, la coordinadora de los llegados desde el norte, iba a ser también condecorada con el cargo Mamá fafa (reina de la paz).

Llegó el día escogido y se celebró el rito tradicional, que también tuvo algo de espiritual. Con oraciones, música de drums, baile, polvos y el ingrediente más mágico, la ilusión que se contagiaba a kilómetros de distancia.

La coronación fue más que una fiesta de bienvenida. Para los locales, esta tradición es una forma  de reconocimiento a la ayuda extranjera, sirve también como mecanismo para involucrar a las reinas en la vida cultural y política de la zona y representa su orgullo por poder ofrecer tal honor a sus forasteros.

Las reinas no tuvieron opción. Sus actuaciones supondrán un ejemplo para los habitantes y sus movimientos en público se verán ligeramente restringidos, pero son proyectos que merecen la pena. Y en Atsiame, donde la felicidad es una actitud, es imposible no llenarse de ilusión cada día.

 

Denis Vejas

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